Carta Episcopal - Sacerdotium Est - Al Clero y Seminaristas de la Administración Apostólica de Corpus Christi en Ocasión de la Festividad de San Juan Ma. Vianney
Carta
EpiscopalSacerdotium EstAl
Clero y Seminaristasde la
Administración Apostólica de Corpus Christien
Ocasión de la Festividad de San Juan Ma. Vianney
1 - El Sacerdocio
es el amor del Corazón de Cristo - (1). Esta conmovedora expresión nos da pie para
reconocer con devoción y admiración el inmenso don que suponen los sacerdotes,
no sólo para la Iglesia, sino también para la humanidad misma (2). El Sacerdocio,
ha salido de las entrañas mismas de Cristo en favor de toda la Iglesia, no como
algo enajenado, sino como un Don de paternidad sublime por la humanidad entera.
Esta realidad, no brota del deseo del hombre, por el contrario, al hombre le
corresponde dar una respuesta firme y decidida a la invitación de Cristo, para
dejarlo todo, y seguirle tomando el arado sin mirar atrás (3), siempre hacia
adelante, sin perder de vista la Cruz, y primordialmente al Crucificado, sin el
cual, la cruz se vuelve vacía, no dice al mundo absolutamente nada, no se
alcanza nada.
2 - Se engaña y no tiene recta
intención, aquel que viendo el Ministerio Sagrado busca una estabilidad y una
vida más cómoda, quien busca acumular bienes materiales. El Sacerdote ha de
unirse con Cristo pobre que no tiene ni siquiera donde reclinar la cabeza (4). El
Sacerdote es - Alter Christus, Ipse Christus -, - Otro Cristo, Cristo mismo -.
No puede concebirse el Sacerdote alejado de esta realidad. - El Sacerdocio es
la herencia de Jesucristo. Nuestro Señor dejó su propio Sacerdocio en manos de
la Iglesia para que continúe hasta el fin de los tiempos - (5).
3 - ¡Cuanto temor debería sentir
quien aspira al Altar para Celebrar el Santo Sacrificio de la Misa! Esa es la
razón de ser del Sacerdote, ofrecer a Dios la Víctima Pura, la Víctima Santa
que reconcilia a la humanidad con su Creador. El
sacerdote, y sólo él, ha recibido el poder de realizar, en la consagración de
la misa, la transustanciación del pan en el Cuerpo de Cristo, y del vino en la
Sangre de Cristo. Al repetir las palabras pronunciadas por Cristo en la última
Cena, obra en la persona de Cristo Sacerdote como su instrumento privilegiado,
y vuelve a hacer presente, real y sustancialmente, el Cuerpo y la Sangre de
Jesucristo bajo las especies - o apariencias - del pan y del vino. Este poder
único no fue otorgado ni a la Virgen María ni a los ángeles. A este
poder sobre el Cuerpo eucarístico de Jesucristo se añade en el sacerdote un
poder sobre el Cuerpo místico de Cristo, los miembros del pueblo fiel: el de
santificar y salvar a las almas.
4 - La Santidad Sacerdotal,
no se alcanza como un parteaguas el día de la Ordenación, cuando postrados en
el suelo, conscientes de nuestra pequeñez, nos ofrecemos a Cristo completamente
para ser mediadores entre Dios y los Hombres. Cristo toma nuestra debilidad y
con su Gracia va fortaleciendo nuestra humanidad. No podemos concebir un
Sacerdote Santo, si antes el Seminarista, no se ha dejado morir como la semilla
en la tierra espera a germinar para dar el fruto a su tiempo, así, quien viene
a responder a Cristo, ha de estar consciente que viene como servidor, sin
desdeñar incluso el sacrificio de la propia vida. El joven llamado a la
vocación sacerdotal podrá sentirse más atraído por el llamamiento al altar o
por el llamamiento a las almas, pero lo uno no va sin lo otro. La
vocación no consiste en un llamamiento milagroso o extraordinario, sino en el
florecimiento de un alma cristiana que se aferra a su Creador y Salvador
Jesucristo con un amor exclusivo, y comparte así su sed de salvar a las almas.
5 - En medio de una
sociedad cada vez más indiferente y descristianizada, donde los mismos jóvenes observan
con antipatía las cosas sagradas. Donde parece que caminamos en medio de
ruinas, en medio de esta misma sociedad decadente que parece caminar a su autodestrucción,
estamos llamados a extender nuevamente el Reinado de Cristo en medio de los Hombres,
a reconstruir donde ya otros han derrumbado. El Sacerdote esta llamado a edificar
por medio de la Predicación, del Testimonio, pero muy especialmente de Ofrecer
Digna y Santamente el Santo Sacrificio de la Misa. No se puede concebir la
Iglesia sin el Sacrificio del Altar, no se puede dejar de Ofrecer la Víctima
por los pecados propios y por los del mundo. Por medio del Sacrificio, el
Sacerdote se convierte en Oferente y víctima. ¡Qué hermoso ideal nos ha dejado
Nuestro Señor! ¡Qué hermoso programa de santidad quiere Dios que realicemos en
la tierra! Sin Eucaristía no hay Iglesia, no hay Presencia del Señor, no hay
salvación, no hay nada. No hay nada porque la Eucaristía es todo. Es el corazón
pulsante en cada sagrario de la tierra, no podemos vivir sin la Eucaristía. Y es
preciso que el Sacerdote antes sea capaz de derramar su sangre antes que
permitir que el Santísimo Sacramento sea profanado, y aun más todavía, antes
que siquiera el mismo Sacerdote se atreva a profanarlo, Dios nos libre, por una
mala vida.
6- Es más fácil para el
mundo sobrevivir sin el sol que vivir sin la Eucaristía - expresaba constantemente
el Santo de Pietrelcina. Y el mundo, los fieles no solamente están agonizando, están
muriendo sin ser alimentados de este Manjar y Pan de los Ángeles. O porque no
hay quien lo administre, o porque tristemente ellos mismos se han privado de
acercarse a la mesa. Es necesario que Cristo salga nuevamente a las calles, si
los Hijos no van al Padre, el Sacerdote esta llamado a hacer presente a Cristo
en medio de ellos, que haga huir a los demonios, que caliente la tibieza, que
sane a los enfermos, que resucite a los muertos por el pecado.
7 - La gran crisis que
hoy atraviesa el Sacerdote, no es una crisis del mal llamado y manipulable
concepto de clericalismo, sino todo lo contrario, es, a juzgar nuestro, una
crisis de identidad, de amor a Dios. Es necesaria y urgente que el Sacerdocio
se renueve de cara a Cristo, de cara a la Iglesia, hoy, podemos sentir en
nuestra cara el reclamo del Señor que nos dice: - Pero tengo contra ti, que has
dejado tu primer amor. Recuerda, por tanto, de donde has caído, y arrepiéntete,
y haz las primeras obras; pues si no, vendré pronto a ti, y quitaré tu
candelero de su lugar, si no te hubieres arrepentido - (6). Si el Sacerdote
pierde de vista a Cristo, no es de extrañarnos que vengan las crisis
existenciales, el buscar refugio en las pasiones, i terriblemente como ya hemos
visto en no pocos lugares, ceden ante la tentación de tomar en sus manos la
propia vida y tajarla como el leñador hace de su hacha con el árbol del bosque.
8 - Graben, hijos míos,
esta máxima en sus almas y en sus corazones y sepan cuan importante es la Vocación
que Dios nos ha confiado: - Lo que la Iglesia necesita y lo que el pueblo fiel
espera son sacerdotes de Dios, sacerdotes que manifiesten a Dios en toda su
persona, en toda su actitud, en todo su modo de ser y en todas sus palabras. Esto es lo que necesita el pueblo fiel - (7).
9 - Que el ejemplo de San
Juan María Vianney, Patrón y Protector de los Sacerdotes, nos anime a entregar
toda nuestra vida sin reservas, aun pese a nuestras pocas fuerzas, a nuestras
debilidades. Su ejemplo nos da la mejor catequesis del Evangelio: - Si alguno desea
ser el primero, será el último de todos y el servidor de todos – (8).
10 - Ustedes, Hijos, son
la esperanza de Nuestra Santa Madre la Iglesia, son mí esperanza en medio de
los sin sabores y tristezas que muchas veces embargan nuestro ánimo al
contemplar la situación actual del mundo, de ver como se desprecia a Cristo
mismo dentro de la misma Iglesia. Que no tengamos, Hijos amados, que escuchar
del Señor palabras terribles de sentencia, y hago mías las palabras de un
venerado Prelado que mucho testimonio nos ha dado: - en la hora de [la]
muerte, cuando Nuestro Señor me pregunte: ¿Qué
has hecho de tu episcopado, y con tu gracia episcopal y sacerdotal?, no quiero oír de su boca estas terribles palabras: Has cooperado
con los demás a destruir mi Iglesia - (9). Extiendo, queridos Hijos, mi Bendición
sobre todos y cada uno y sobre sus familias.
Dado en la Ciudad de
Méxicali, B.C., a los 4 días del mes de agosto del Año de Gracia 2022.
Festividad de San Juan María Vianney. Primero de Nuestro Episcopado.
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Mauricio P. Solís Administración Apostólica
Corpus Christi
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Mauricio P. Solís

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