Mensaje Episcopal por la Muerte del Santo Padre Benedicto XVI

 

MENSAJE ANTE LA MUERTE DEL SANTO PADRE

BENEDICTO XVI

 

Queridos Hijos:

Hemos querido asimilar la pérdida que ha sufrido la Iglesia. Bien podemos decir que ha perdido al Padre, al Pastor, al amigo incomprendido del que hoy, los perros infernales quieren echar la mano que en vida no fueron capaces de hacer.

Un hombre que aún con los errores de juventud, supo mirar con una mirada sobrenatural y comprender el auténtico sentido de aquello que fue y sigue siendo manipulado por los enemigos de la Iglesia, que no podemos negar, yacen en las altas esferas de la Jerarquía, pero que en ello también, podemos discernir el Misterio de la Providencia Divina, donde es necesario que la cizaña crezca junto con el trigo bueno, para que llegado el momento, la cizaña sea arrojada el fuego y el trigo rescatado y molido, para que, con él, sea amasado el pan digno para la Oblación y ser plenamente transformado en el Cuerpo del Señor, el cual, somos ahora peregrinos esperando, por la Misericordia Divina, alcanzar plenamente la Salvación en la Jerusalén Celeste.

Sin duda, el Santo Padre, ha dejado un legado de gran importancia para toda la Iglesia, por encima de las arbitrariedades que contemplamos cada día, y de las que seguramente, sin temor a equivocarnos, veremos creer aún más por parte de los enemigos de la Cruz de Cristo, los mismos, que prometieron ser Guardianes del Sagrado Depósito de Fe recibido y que aquel Evangelio que fue puesto sobre sus cabezas, será el mismo peso que los señalara, si por la desgracia no se arrepienten y se convierten, y así como es necesario señalar todo esto, es necesario, por la caridad de Cristo que debe apremiarnos, también exhortar a los Hijos Fieles de la Santa Iglesia, a no escatimar la oración por ellos también, solo así encontraremos también justificación y misericordia, que no solo es necesario alejarse de ellos y de su veneno. Y cierto es que muchos, ya irremediablemente han abrazado el mal, a semejanza de Judas el Traidor, y se han hecho a sí mismos hijos de la perdición esperando la soga sobre sus cabezas ante el Trono de la Divina Justicia.

Es ahora, cuando se develara el misterio de la iniquidad y de la purificación que Dios tiene preparada al Santa Iglesia, para devolverle su blancura y pureza original, que no radica en ningún otro lugar que, en adentrarse a las Sagradas Escrituras, que adentrarse a la Sagrada Tradición de los Padres, al Venerable y Bimilenario Tesoro de la Tradición Litúrgica. No van a ser los modernistas ni los infiltrados, los que llevarán adelante a la Iglesia, sino únicamente a salir de ella camino a la perdición, llevando tras de sí a las almas necias y cerradas a la acción del Espíritu Santo, porque como satanás cayó del cielo como un rayo, también estos han caído de las alturas por no fijar su mirada en el Cristo Crucificado y Ascendido al Cielo que regresará glorioso para Juzgar a vivos y muertos. Nuestra esperanza esta en Cristo, Esposo Fiel de la Iglesia, que la adquirió al precio de su Sangre Santísima y que sigue siendo ofrecida en el Sacrificio Incruento en todos los Altares Fieles.

No pocos tenemos un sentimiento de orfandad, de vacío, pero también de esperanza y de confianza en que hemos ganado como lo fue aquí en la tierra, un intercesor ante Dios. Este ánimo, debe también movernos a ejercitarnos en la Comunión de los Santos, orando por su Descanso Eterno, para que, aquellas cenizas del pecado que pudieron haber quedado sean purificadas por la Misericordia de Dios. El Papa Benedicto XVI, es quizá ahora más incomprendido que como lo fue en vida, y la jauría se abalanza sobre su memoria, mientras vemos a otros, que hipócritas rinden hoy honras fúnebres a su memoria y a su legado, el cual quisieran desaparecer junto con el Nombre si pudieran, de Nuestro Señor y Salvador Jesucristo.

Consolémonos unos a otros con la esperanza cristiana, no de un final, sino, como lo espero el Santo Padre, para un comienzo nuevo. Que podamos también nosotros exclamar en el momento de la muerte con las dulces palabras que se nos han revelado: ¡Señor mío, Te amo! 

Que el Señor le conceda el Eterno Descanso y la Eterna Bienaventuranza de los Siervos buenos y fieles y lo libre de los castigos eternos. Y ruegue por nosotros, por la Iglesia, que ahora comienza quizá, su periodo más doloroso de purificación.

Dado a los 03 días del mes de enero del Año del Señor 2023. Fiesta del Santísimo Nombre de Jesús. Segundo de Nuestro Episcopado.


Mauricio P. Solís

Episcopus


Comentarios

Entradas más populares de este blog

Nuevo Aviso de Privacidad 2025 (Actualizado)

Carta Episcopal - Conticuit Populus - Reflexiones sobre la Situación Social en la Actualidad

Carta Episcopal - Non Veni Vocare - Sobre el Autentico Apostolado hacia las Personas con Atracción al mismo Sexo